Sociedades indígenas de Coahuila y su alimentación

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Publicación de la Secretaría de Medio Ambiente. Diciembre de 2014
Sociedades indígenas
de Coahuila
y su alimentación
Carlos Manuel Valdés
Sociedades indígenas
de Coahuila
y su alimentación
Carlos Manuel Valdés
La colección Bordeando El Monte es una publicación de la Secretaría de Medio Ambiente
Rubén Moreira Valdez
Gobernador del estado de Coahuila de Zaragoza
Eglantina Canales Gutiérrez
Secretaria de Medio Ambiente
Olga Rumayor Rodríguez
Subsecretaria de Recursos Naturales
Margarita Alba Gamio
Directora de Cultura Ambiental
Carlos Manuel Valdés
Profesor de la Escuela de Ciencias Sociales de la UAdeC
Texto
Eduardo Valdés Mendoza
Fotografía
Proyecto realizado en colaboración con la
Coordinación General de Bibliotecas, Publicaciones y Librerías
Alfonso Vázquez Sotelo
Coordinador General de Bibliotecas, Publicaciones y Librerías
Ma. Eugenia Galindo Marines
Coordinadora de proyecto
Jesús Guerra
Edición y corrección
Ricardo Calderón
Diseño
Bordeando el Monte. Núm. 18. Diciembre de 2014
La Secretaría de Medio Ambiente no se hace responsable del texto. Las ideas presentadas son
responsabilidad del autor.
Secretaría de Medio Ambiente
E
n el presente tanto como en el pasado no han faltado personas que
consideren los distintos espacios geográficos coahuilenses como
carentes de recursos para la vida. Uno de los primeros jesuitas que llegó
a la región de Parras, escribió en 1599 que estaba desesperado porque
todo era malo: las aguas, los mosquitos, la comida, el sol, el clima… sobre todo la gente. El pobre hombre envió a Roma puras quejas sin observar que los indígenas a los que él evangelizaba estaban fuertes, corrían
como caballos, perseguían un venado o soportaban la sed. Casi 300 años
después, un militar porfiriano perseguía en el desierto del norte (debe
haber sido entre las actuales Acuña y Piedras Negras) a unos indios que robaron una manada de caballos: ¡Y nunca los alcanzó! Él iba con soldados,
carretas, botas con agua y alimentos mientras que los indígenas iban a
pie, trotando junto con los potros sustraídos. Descubriría años más tarde
que ellos comían un cacto que además de proveerlos de agua les daba
mucha fuerza (azúcares, vitaminas…). Ese alimento líquido también lo
dieron a los caballos. O sea que aquellos a quienes consideraban salvajes
tenían conocimientos de las propiedades de las plantas del desierto.
Estos hoyos eran morteros fijos. Se encuentran en un ejido de Ramos Arizpe.
Uno de los alimentos más ansiados por nuestros antepasados eran las
tunas. Cuando empezaba la temporada de la cosecha de ese maravilloso
fruto salían hacia el sur a instalar sus campamentos en lo que se denominaba Tunal Grande, que era un enorme bosque con millones
de nopales y otras cactáceas que producía no menos de 14 especies
de tunas de variados tamaños, colores y sabores. El Tunal era durante
meses un lugar de abundancia. Mientras hubiera comida no habría
conflictos entre etnias, convivían de manera pacífica e incluso podían
realizar fiestas e intercambiar parejas, con lo que establecían alianzas.
Un cuachichil, prisionero de los españoles, declaró en 1562 que ellos
podían pasar mucho tiempo sin beber, sólo comiendo tunas. No con3
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sumían únicamente el fruto fresco sino que también lo conservaban
para períodos de penuria. ¿Cómo conservarlo? Ponían a secar al sol miles
de tunas ya peladas. Una vez secas podían guardarlas en redes enormes
que cualquier persona podía cargar pues sin agua habían perdido peso.
En algún momento las molían con semillas, transformándolas en harina,
con la que hacían panes. En un manuscrito que está en Roma anotó un
padre jesuita que los indios hacían vino de tuna, lo que significaba que
esa bebida los embriagaba. Terminada la cosecha cada grupo regresaba
a su lugar de origen, algunos cargando centenares de tortas de tuna.
En seguida se exponen algunos datos que pueden explicar la fortaleza indígena así como datos acerca de los nutrientes que tienen algunos
de los alimentos que ellos obtenían de la naturaleza que los circundaba.
(Esto complementa la información del número 16 de Bordeando el Monte).
Carne machaca o machacado. Se le llama así en vez de carne seca porque una vez que
la carne, por ejemplo la de un bisonte, era llevada a la aldea, a medio secar al sol, las
mujeres la machacaban con piedras para quitarle su dureza, aunque no sólo para eso
sino también para hacerla más sabrosa. En efecto, al golpearla le añadían chile piquín,
orégano o harina de mezquite, por lo cual podría ser consumida por un niño o un anciano. Algún cronista español dice que le agregaban tierra, pero se equivocaba porque
le ponían sal para conservarla. Era sal extraída de salinas superficiales, por lo cual su
apariencia no era del color blanco de la actual sal refinada sino un café pálido o grisáceo.
Mientras caminaban de un lado a otro buscando frutos o animales se echaban a la boca
un trozo de tasajo para chuparlo. Esa carne los revitalizaba.
Cuadro 1: Obtención y elaboración de un alimento.
Cuadro 2: Tabla de contenidos nutricionales de los alimentos de los indios de Coahuila.
Por lo antes expuesto podemos ver que las diversas sociedades indígenas habían encontrado recursos alimenticios suficientes en el medio
ambiente en el que se desarrollaron. La dieta de cada grupo no era la
misma, ni los contenidos tampoco. Esto tiene otras implicaciones. Por
ejemplo, los indios que vivían junto a las grandes lagunas tenían una
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dieta muy rica y la comida era fácil de obtener: gastaban poca energía
en conseguirla. Además era de fácil consumo: cualquier niño o anciano
puede comer pescado y apropiarse de proteínas y vitaminas suficientes.
Gracias a esto eran los que más años vivían: se mencionaban ancianos
de más de 100 años. En cambio, los que habitaban el desierto tenían que
ingeniárselas para obtener alimentos que les aportaran lo que requerían,
pero lo lograban, la prueba es que fueron los que opusieron la mayor
resistencia al dominio español y, tal vez, los que habían adquirido rasgos
hereditarios de aguante a las altas temperaturas, la falta de agua y el frío.
Lo que anotamos a través de este recorrido es que los indios de un
territorio que ahora se llama Coahuila habían logrado sobrevivir durante
12 mil años en los que conocieron en profundidad todo lo que podían
aprovechar en el medio ambiente que les correspondió de acuerdo a
diversas presiones: naturales, culturales y sociales. No podemos esconder que había pleitos entre distintas colectividades, tanto que llegaban a matarse unos a otros,
pero sabemos, también, que
habían creado reglas para evitar la guerra. Tenían mecanismos
para establecer alianzas que una
vez hechas se consideraban sagradas. Una de éstas era la de intercambiar jóvenes pertenecienMortero portátil o molcajete.
tes al grupo con etnias distintas.
Por estos matrimonios consideraban que sus sangres estaban mezcladas; ya no romperían esa alianza.
El compartir áreas donde abundaba la comida les ofrecía la posibilidad
de hacerse familia.
La experiencia adquirida en siglos de ensayo y error les enseñó a
conocer las rutinas de los animales. Los tiempos en que los machos entraban en celo perdían el estado de vigilancia; en la época de parición de las
hembras era más fácil atraparlas o capturar a su cría. Sabían cuándo llegaban los guajolotes del norte y el tiempo en que patos y gansos ponían
huevos. Adquirieron una capacidad notable para rastrear un animal o un
hombre por los vestigios que dejaba a su paso. Dijo un misionero que
conocían por el vuelo de las abejas la dirección en la que podrían en5
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contrar su panal. Observaban las fases de la luna para calcular las fechas
en que estarían floreando las yucas y apareciendo las primeras tunas.
También conocieron los elementos dañinos de cada planta, fruta o
raíz. Sabemos que estaban al tanto de que comer mucha bellota podía
producirles estreñimiento y les dejaba la lengua y el paladar amargos
debido al mucho tanino que tiene; descubrieron que el tanino se encuentra en su cáscara y que si lavaban la semilla podían evitar la acidez. Lo mismo puede decirse de las raíces del maguey y de la carnaza
de la lechuguilla, que preparaban
en barbacoa, lo que le quitaba lo
amargo. Estos ejemplos muestran
que no sólo habían descubierto
todo lo que era comestible sino
que también crearon menús. Su
farmacopea era, así mismo, sugestiva, pues sabemos que lograron
curar a los españoles de algunas
dolencias y enfermedades con los
Molcajete encontrado en un ejido de Ramos Arizpe.
brebajes que preparaban.
Es demasiado lo que se perdió en conocimientos. La mezcla de observación, experimentación y tanteo los dotó de conocimientos interesantes que no lograron conservarse. Ya apunté al inicio de este texto
que en 1881 un mayor del Ejército Mexicano perseguía a un grupo de
indios a través del desierto porque robaron una caballada —los militares llevaban monturas y carretas con botas de agua, mientras los indios
conducían la manada a pie e iban con mujeres y niños—, ¡y no les dieron
alcance! El mayor descubriría luego que los indios consumían unas cactáceas que contenían líquido y carbohidratos en abundancia. Y esto se
lo habían dado también a los caballos. Una experiencia parecida fue relatada por un misionero: seguía a unos chicos que lo conducían a una
aldea. Estaba muy alterado por la sed extrema y los niños se pusieron a
raspar magueyes; en unas horas, cuando el jesuita estaba en estado de
desesperación, le ofrecieron los primeros jugos que soltó la planta. Aun
los niños conocían las propiedades de cactos, semillas, raíces y flores.
Es importante hacer una comparación entre la dieta del español medio de la era colonial y la del indígena. El colono, incluyendo
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a misioneros y soldados, tenía un menú exiguo: pan de trigo (con
frecuencia ya duro, al que nombraban galleta), carne (que la mayoría
de las veces se restringía a lonja de tocino y chorizo muy grasos), vino
tinto (el mejor se producía en Parras, pero también se hacía en Cuatro
Ciénegas y Saltillo) y queso maduro o viejo (que podía encontrarse
en las ferias; eran quesos de cabra, vaca o borrega). Era una dieta suficiente en cuanto al contenido pero repetitiva, casi sin cambios. La
de los indios, que ellos juzgaban pobre, los superaba en variedad y
contenido. De ahí que estatura y fortaleza puedan ser explicadas por
la riqueza de su dieta, además del continuo ejercicio que realizaban.
Otro ejemplo convincente: en 1682 el obispo de Guadalajara venía a
una visita pastoral. Él y su comitiva partieron de Monterrey hacia Saltillo
(venían en caballos y carretas y debían recorrer 80 kilómetros). Los hueyquezales y cuechales del río Nadadores se enteraron y salieron hacia Saltillo
(200 kilómetros) y llegaron antes que él. Trotaron 100 kilómetros cada día,
cosa imposible si no estuvieran bien nutridos. Hablaron con el prelado y regresaron a San Francisco (Monclova) a preparar a su gente para esperarlo.
Lo que es importante es reconocer el conocimiento que adquirieron
en miles de años para saber exactamente todo lo que les hacía falta para
aprovechar los recursos que les ofrecía el medio ambiente sin depredarlo.
Hemos visto que no todos los indígenas comían lo mismo ni que todos tenían acceso fácil a los alimentos. Algunos se afanaban más que
otros. Los de las lagunas vivían mejor que los del desierto. Sin embargo,
los primeros temían a los segundos, lo que indica que en cuestión de
fuerza no había demasiadas diferencias. Sí las había en una vida más larga y cómoda, pero parece que no tanto en cuanto a su eficacia guerrera.
Chizos, cocoyomes, tobosos y bobosarigames llegaron a atacar las misiones sólo para robar comida. Desde el desierto
norteño llegaron hasta Parras, Candela, Monclova y Saltillo a tomar los alimentos que les hacían falta, sobre todo porque los
lugares que ellos habían aprovechado antes ahora estaban invadidos por los recién llegados españoles o colonos mestizos.
El vínculo que establece el hombre con un medio determinado
hace que sostenga una relación con el mismo en la que no nada
más existe un aprovechamiento de sus recursos sino que al mismo
tiempo se construye un trato de reciprocidad en el que se mezclan
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cuestiones míticas, aspectos de correspondencia con seres sobrenaturales, recuerdos familiares, accidentes, peripecias, historias y, sobre todo, intercambios con plantas, animales, cuevas, manantiales,
rocas. Estos pueblos, como muchos otros, designaron en sus hábitats
lugares que consideraron sagrados, es decir, aquellos en los que sostenían una relación con la divinidad. Dejaron en pinturas y grabados muchas de sus ideas con respecto al mundo que los rodeaba.
En todos los hábitats, y no nada más en los que se mencionaron, sino en
otros más pequeños, quienes los ocupaban aprendieron a aprovecharse
de lo que les ofrecía la naturaleza. Con mayores o menores recursos, con
demasiadas dificultades, en ciclos de sequía o de tormentas, de tórridos
calores y de gélidos inviernos sobrevivieron miles de años. A partir de la
llegada de los españoles, en 250 años desaparecieron. Fueron aniquilados por enfermedades que desconocían, por la esclavitud, por los secuestros que se realizaban para enviarlos a Las Antillas para ser vendidos,
por los malos tratos recibidos en las haciendas y por una larga guerra.
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Bordeando el Monte
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